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M. FOUCAULT. LA EXPERIENCIA DE LA SINRAZÓN

Aurora Freijo

 

…espacio de palabras sin lenguaje que dejan oír, a quien presta oído, un ruído sordo, un murmullo obstinado de un lenguaje que hablaría sin sujeto y sin interlocutor, replegado sobre sí mismo, anudado a la garganta y regresando al silencio del que nunca se deshizo.

Entre filosofía y literatura. M.Foucault.


El diagnóstico de la actualidad, de cualquier actualidad, incluso de aquella que se dará, presenta una relación esencial con el límite. Ese límite propone un esquema bipolar donde la razón, y todo lo que a ella le hacemos correspoder (el bien, lo lícito, la salud), funda un terreno excluído en el que se acomodan las experinecias incómodas, extrañas e incluso insoportables (el mal, lo ílicito, la enfermedad). Todo lo que aparece bajo este signo del límite no es sino aquello que denominamos exterioridad, otredad de la razón y donde no parece extrano reconocer las experiencias del sueño, la locura y la enfermedad.
La tarea del pensar y de pensar, si atiende a ese polo siempre excluído pero siempre presente, debe ser ya otra. Pensar será un acto que tendrá que contar con modos nuevos donde la lógica y la razón resultan insuficientes. Sabemos ya que desde Nietzsche pensar no es sistematizar sino realizar la experiencia de los límites o de la alteridad. En esta línea, la obra de Foucault no es, según afirma Blanchot, una historia de la locura sino un historia de los límites, de los gestos que resultan excluídos socialmente y que configuran la pura exterioridad; historia que, según Derrida, pretende posibilitar la expresión de la palabra salvaje y abrupta del loco.

Es fácil reconocer nuetra plena pertenencia a esa extimidad, pertenencia que nos conduce irremediablemente y con espanto, apartando los ojos, al que quiera y sepa oir, como diría Gadamer, a su encuentro. No han faltado voces, a partir del XIX que hayan hablado de la locura como de la verdad del hombre: …en la locura se encuentra el otro extremo de nosotros mismos. En ella nos ponemos a la escucha de voces que nos dicen desde lejos, y en mayor cercanía lo que somos, dice Foucault. Y si, en un futuro, la relación con la locura resultara ser de tal modo que alcance la serenidad de lo positivo, siempre permanacerá la relación del hombre con el murmullo incesante de sus fantasmas,su imposible, su dolor sin cuerpo.

La preocupación de Foucault que toma vida en la Historia de la locura tiene que ver con tres ámbitos: la descripción de las prácticas a través de las cuales la racionalidad se constituye en historia, el ser originario del lenguaje y la experiencia artística como experiencia de los límites.

El recorrido de la tarea historiográfica de Foucault hace corresponder cada época con un sistema de exclusión que en ningún caso contribuyen a un progreso. Sabido es que la arqueología foucaultiana se afana en la búsqueda de las condiciones en que surgen las formaciones discursivas liberándolas de cualquier referencia a la función de sujeto o de cualquier otra institución transcendental, alejándose de cualquier acercamiento a una interpretación continuísta de la historia, algo parecido a lo que ocurre con el Nouveau Roman o con la escuela historiográfica de los Anales. Alejándose de entender los acontecimientos al modo positivista, Foucault se acerca a Marx, Nietzche y Freud para entender la realidad como una multiplicidad dispersa y discontínua sin posibilidad de sincronización. Esa relidad no es sino una experiencia que se organiza en un juego de identidad y diferencia, de lo mismo y de lo otro. El establecimineto de lo otro como parte íntima de lo mismo obliga a pensar de otro modo, a dialogar con lo exterior haciendo aparecer ese ejercicio de dejar hablar que es el pensamiento del afuera, la pensée du dehors. El pensamiento ahora se abre a lo impensado, incluso a lo impensable, a la alteridad (al silencio, al inconsciente, a la sinrazón) pero desde la aceptación de la proliferación de las diferencias. Y este nuevo diálogo atenderá también inevitablemente a las manifestaciones de la experiencia de la alteridad que se dan dentro de la literatura o el arte (Hölderlin, Mallarmé, Klosowski, Robbe-Grillet).

Foucault intenta encontrar el grado cero de la historia de la locura, es decir, la experiencia, el momento en el que sucede la partición, en el que aparece la curva por la que discurren separadamente la razón y la locura. Lo interesante es encontrar el gesto, el gesto de corte, por el que se instaura esa partición que no es verdadera separación porque entre razón y locura se establecerá un continuo hablarse, un diálogo constante que gira tanto en torno a la separación que hace dudar de que esa separación se dé de modo efectivo. Y en ese hablarse es un decir poblado de modos extraños, de sintaxis rotas, balbuceantes que surgen inevitablemente o precisamnete a causa del silencio que se pretende imponer. La locura, región de murmullos, se hace sinónoma así de la ausencia de obra entendida como gesto que no posee estatuto en el orden del discurso, y se torna lo que es, locura, cuando se da una estructura de rechazo a ese murmullo

El límite marca un lugar otro, un lugar para lo otro. La exclusión de ese se produce, con Althusser, como resultado de un acto de fureza en el que intervienen prácticas sociales. Lo otro que tanto nos molesta como nos reclama, en este caso lo otro enrendido como locuro, no ha sido siempre excluído del mismo modo. En la Edad Media la imagen era la de la Nave de los Locos (Nef des fous): la locura no se encierra; se envía a un viaje infinito sin puerto (EL Bosco, Durero o Bruegel), pero no cumple un papel social. En la experiencia crítica, con Erasmo, se pretende una integración: la locura interesa, no en su modo abrupto sino domesticada, asimilada, conjurada, incautada. Durante mucho tiempo, lo que Foucault denomina la época del internamiento clásico, la palabra del loco quedó excluída del mismo modo que el loco mismo. Junto a él se recluían manifestaciones que tendrían que ver con la blasfemia o la insensatez. La palabra del loco se mezclaba así con la del violento, el libertino o el irreverente produciéndose sobre ellas una prohibición, una represión que acabará con la reforma de Pinel. Considerar la locura como enfermedad permite rescatar al loco de la experiencia indiferenciada del Gran Encierro de momentos anteriores. Con la psiquiatría se da un intento de inclusión de la diferencia. Ese intento normalizador se produce, no ya desde el ámbito legal sino desde el científico: la violencia legal se torna violencia científica. A partir del XIX ya no se busca el excluir sino el fijar los individuos a espacios fijos. Pero hay una modificación especialmente notable, que resultará acorde a un nuevo tratamiento de la locura donde Freud tiene mucho que decir. Porque entonces el lenguaje de la locura se mira de otro modo: ahora es una palabra que se repliega sobre sí misma: la palabra queda desdoblada en su interior. Es una liberación oscura y central de la palabra en el corazón de sí misma. En su juego, una palabra así es transgresora, dice Foucault.

Ese aspecto de la palabra de la sinrazón nos pertenece, nos corresponde y nos increpa a todos como humanos. El lugar de donde emerge esa palabra se torna un lugar vacío que retiene y suspende el sentido para que algún otro, mucho más íntimo, se instale en él. Es por eso un vacío fecundo, al modo de la Mandorla de Celan o de Valente o del Tokonoma que refiere Tanizaki, del que habla Lezama Lima en uno de sus poemas. Y es en esa región pálida, en palabras de Foucault donde crece y a la vez a la que tiende un lenguaje otro que tiene la forma de la literatura. Por ello literatura y locura se tienden las manos.

Foucault, en su preocupación por el lenguaje adialéctico, rastrea los avatares del lenguaje en Rousel y de Brisset. En la obra de Roussel el lenguaje se presenta como un juego que se constituye con sus propias leyes y donde cualquier lógica externa molesta. Las palabras se hablan entre ellas abandomando el referente. Es el amor de las palabras, como diría Jabès, su deseo, que las hace buscarse las unas a la otras ausentes de todo sentido externo. Es autoreferencial a la vez que apunta a ese lugar vacío y fértil. En Brisset se llega incluso al delirio lingüístico, al caos. En su preocupación por el origen de las lenguas Brisset pretende encontrar un habla originariamente verdadera. Y la encuentra. La encuentra en un habla en el que lo arbitrario es la ley del mundo y donde los elementos más simples del lenguaje habitan relacionándose espontánemente en una ciénaga primitiva. En el origen no hay sino delirio lingüístico.

Advierte Brisset que su obra no puede ser traducida, lo que no deja de resultar extraño en alguien que quiere encontrar la matriz común de las lenguas. Pero es que en el origen no era el latín sino que no había otra cosa que la lengua que hablamos pero en estado de juego, en el momento en que los sonidos ruedan y las palabras brincan aparaciendo cada vez nuevas formas de descomposición y agrupamiento. El origen además no habla de nada anterior; se suspende la ordenación cronológica de modo que ese estado primitivo de la lengua se hace presente en cada presente.

Mientras algunos trabajan en el camino de encontrar una lengua originaria caracterizada por la simplicidad y limitación de sus elementos, Brisset descubre en ese origen anacrónico un lenguaje ilimitado. Cada palabra actual, al descomponerse revela en su pasado un sinfín de relaciones y combinaciones arcáicas, de cercanías y alejamientos con los demás. Cada palabra conduce a las otras en ese juego ilimitado, amoroso y orgiástico. Por eso el análisis de cada palabra, lejos de comprimir la lengua, la hace estallar, la multiplica sin límites: repeticiones inestables, violencias y apetitos desencadenados, éste es el vértice de Brisset, el de la embriaguez y de la danza, el de la gesticulación orgiástica: punto de irrupción de la poesía y del tiempo abolido, repetido, afirma Foucault a propósito de Brisset.

Caos, bullicio, ruído, murmullo. El lenguaje originario que habla y dice a quien le preste oídos. Hablar de y desde ese sonido desestructurado es tal vez el ruído que Jabès dice deber acallar para comenzar a escribir, o la página en blanco de resonancias mallarmeanas, y al que nunca se acaba de correspoder al escribir. Pero la literatura, la poesía más esencialmente, diríamos con Gadamer entre otros, acerca a esa región pálida; es el lugar más propicio, más aletheico, donde más plenamente de dice verdad. Es el lugar de la declaración, el lugar donde todo se expone. Cada palabra literaria es una transgresión de esa página en blanco que se inscribe en ella para hacernos señas; y cada palabra, en ese grabarse en el cuerpo de la página, se gira hacia el lugar bullicioso y alterno exterior al razón.