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ZAMÁN: EL HOMBRE DE LOS JUNCOS

Fernando Fernández Freijo

 

La guerra fría se acabó
Pero esos bastardos ya nos buscarán alguna otra
Están aquí para protegerte, ¿no lo sabes?
Así que acostúmbrate a ello
¡Acostúmbrate!

(Living with the big lie – Marillion 1994)

 

Me han querido engañar, mostrarme el mundo bajo su manipuladora mirada, donde la mentira es verdad y la guerra la única solución para conseguir la paz. Me han hablado de una titánica y homérica lucha del bien contra el mal, como si nos hubiéramos adentrado en la tierra media de Tolkien habitada por hobbits, elfos y orcos, me han querido convencer de la necesidad de liberar a la humanidad de uno de los peores peligros que nos acechaba: unas armas de destrucción masiva que se han volatilizado por arte de magia, me han mostrado a un dictador cruel para con su pueblo, la única verdad que se han dignado a decir, pero no me han querido hablar de lo difusa que es la línea entre el bien y el mal y ahora es difícil saber quién es el verdugo y quien la víctima, no me han querido mostrar las armas de destrucción masiva que el “eje del bien” sí posee y utilizó en esta reedición de las cruzadas contra los “herejes”, emparentando la tierra de Irak, ahora imagino llena de cráteres, con la superficie lunar, no me han querido recordar que el dictador, único creador de los males del mundo según su peculiar mirada y que sumió a su país en un estado de pobreza e incertidumbre difícilmente soportable, fue en su día un aliado de la “mayor democracia” del mundo, y sobre todo, no me han querido enseñar la vida de los iraquíes antes, durante y después del inicio de los bombardeos. En cambio, Amer Alwam con “Zaman, el hombre de los juncos” sí ha querido hablarme, de una manera sencilla, directa y profundamente emocionante de la vida en su país.

Amer Alwan regresó a Irak tras un exilio de 20 años en Francia para rodar la única película iraquí en los últimos 15 años. Las condiciones del rodaje, anterior a la guerra, no fueron las idóneas por la intromisión de los censores del régimen que secuestraron el material rodado y sólo devolvieron 24 horas de película cuando el director ya había regresado a Francia, dejándole sin 5 horas de grabación que nunca podrán ser recuperadas. De ahí el escaso metraje de la película, que apenas alcanza los 80 minutos. Pero el director, como aseguró en su reciente visita a Madrid para presentar la película, necesitaba hacer “un homenaje a una tierra herida”. Esta terquedad en terminar su película para mostrar la vida del pueblo iraquí fue recompensada con el premio Signis al futuro nuevo talento del Festival de San Sebastián, un premio merecido tras ver las imágenes de esta bella, poética y conmovedora muestra del cine más comprometido con la realidad que le rodea.

“Zaman, el hombre de los juncos” nos habla quedamente, casi como un susurro, sin estridencias ni pueriles mensajes panfletarios, de la odisea de Zaman, un hombre de 50 años, creyente, bondadoso y profundamente enamorado de su mujer, que debe abandonar su poblado en el sur del país, justo en la unión de los ríos Tigris y Eúfrates donde, según la Biblia, se encuentra el edén, además de las huellas del diluvio universal, para encontrar una medicina que salve a su mujer de una enfermedad inesperada y causada por los bombardeos.

Con un estilo cercano al documental Amer Alwam nos introduce en la vida de una pequeña comunidad que vive en casas de juncos a orillas del Tigris en una tierra pantanosa y alejada de las ciudades. Zaman, que se dedica a trabajar los juncos que crecen en la orilla del río, reza nada más levantarse. La guerra está cercana pero Alwam sólo la insinúa con el estruendo de un avión que irrumpe en sus plegarias, una intromisión a la que, parece, se ha acostumbrado. Zaman vive con su mujer, “su único bien”, a la que ama más intensamente pasados los años y con un niño, único superviviente de un bombardeo del “eje del bien”, al que ha adoptado y acogido. El hombre de los juncos es bondadoso, cree en Dios de una manera sincera, humilde y cándida, lejana en una eternidad y un día del tenebroso sentido religioso que miles de personas sienten, le gusta sonreír a la vida, y trata de inculcárselo al muchacho, que llora al escuchar el sonido del avión que le recuerda el drama sufrido. Zaman le habla de las palmeras que les rodean, cómo siguen erguidas, sin quejarse, a pesar de los años pasados, del frío y calor sufridos, de las tormentas soportadas. Las palabras de Zaman calman al muchacho. Su mirada ante la vida es valiente.

La enfermedad de su esposa obliga a Zaman a remontar el río Tigris en busca de una medicina que cure o atenúe su mal. Y en ese viaje Alwam pasea su cámara, de una manera tranquila y pausada (nunca pesada) por las orillas del río, mostrándonos la vida (la verdad) de Irak, los mercados bulliciosos, los hombres tan lejanos de los villanos y terroristas que nos quieren mostrar nuestros gobiernos (nuestros gobiernos: Estados Unidos), las casas que pasan de las chozas de juncos al cemento de Bagdad, la importancia de la religión en la vida diaria, la pobreza de un pueblo por un embargo que les impide conseguir artículos tan necesarios como medicinas, el contrabando con ellas y la solidaridad de desconocidos ante el drama que les rodea, les encoge, les golpea. Zaman, en un descanso de su viaje, mira a cámara, al espectador, y habla de la extraña época que le ha tocado vivir, donde “los guardianes y los ladrones se dan la mano” y él ya no puede dormir por la noche con la tranquilidad de antaño, antes de la llegada del dictador, antes de los bombardeos. Amer Alwan nos recuerda que el infierno que sufren los iraquíes viene de dos partes: de un dictador que deja a su pueblo a la deriva y de un mundo occidental que sólo ve en su país una amenaza y, sobre todo, una fuente de riqueza por explotar.

“Zaman, el hombre de los juncos”, una película hermosa, poética, magníficamente interpretada, y necesaria para derribar tantas mentiras, tantos intereses creados, tanto ceguera (auto)impuesta. Pero tengo que ser realista: apenas llegábamos a la docena los espectadores que nos atrevimos a ver esta película en los bilbaínos cines multis (aunque, paradójicamente, esta película ha sido censurada por el nuevo gobierno iraquí). Es peligroso arriesgarse a mirar fuera de nuestro cómodo mundo, podríamos descubrir la fragilidad de nuestros valores y las mentiras de una opinión impuesta. Si tengo que elegir, prefiero la fragilidad a no querer ver. Amer Alwam es la antítesis del cine que hoy Hollywood fabrica en serie al elaborar una película que indaga sobre la vida de una forma sencilla y sin artificios, sin estrellas llenas de “glamour” pero vacías de naturalidad y con una cadencia que te envuelve en la historia que narra y que hace difícil olvidarla cuando se encienden las luces de la sala. Hoy Hollywood está desaparecido en combate, ciego y alejado de la realidad que nos rodea. Sedándonos.

(Se dice que, quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Entonces, soy un hombre rico. Quiero agradecer de manera sincera a Carolina, Iñaki y Mariola su paciencia para conmigo cuando me refugié en ellos y “exigí” su ayuda cuando este artículo llegaba a las 10 páginas y estaba dedicado a “Misión de Audaces” de John Ford. Gracias por estar ahí, por ser el viento a mi espalda y por ayudar a que mi vida haya mejorado con vuestra presencia. Retomaré ese artículo después de leer vuestros consejos. Y también quiero agradecer a Diana la posibilidad que me ha dado de tocar la arena rojiza del Monument Valley, “el país de Ford”, y que un pedazo de él esté ahora en mi habitación. Gracias Diana por recoger con tus manos esa arena para mí y por hacer que perdiera el último tren).