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ABUSOS FOTOGRÁFICOS
Violencia de género en la historia de la fotografía del XIX

Toya Legido

En las tribus de Nueva Guinea, según cuenta el antropólogo Levi Brhul, cuando alguien cae enfermo la familia se pregunta: “¿Qué querrá decir?” Dentro de este marco de pensamiento mágico hasta los accidentes son considerados como una intención que está en el autor de manera inconsciente, o como la manifestación de que algún ser cercano ha tenido la intención de que ese accidente ocurriera.

Sin embargo la historia de la cultura occidental, sobre todo a partir del siglo XV, ha intentado alejarse de la lógica de este tipo de pensamiento mágico para acercarse al pensamiento científico basado en la supuesta objetividad de las pruebas.

Revisando la historia de la fotografía, podemos encontrar numerosos y, no menos descabellados ejemplos de su utilización como confirmación incuestionable de que algo existía, sucedía o simplemente era de una determinada manera. Entre ellos podemos destacar la popular fotografía de espíritus y fantasmas extendida después de la Segunda Guerra Mundial y difundida hasta por el reconocidísimo escritor de novela policíaca Sir Arthur Conan Doyle, ciego creyente y acérrimo defensor de esta práctica. O la descabellada historia de los orígenes de la fotografía policial, en los que Galtón, que por cierto era primo de Darwin, intentaba crear el prototipo de criminal y de hombre normal, mediante una exposición múltiple de varios retratos de presos y guardias reales.

Entre las numerosas prácticas pseudo-científicas que se llevaron a cabo en la última mitad del siglo XIX y que se sirvieron de la fotografía como herramienta para objetivar el conocimiento, la más cruel y misógina de todas ellas, es sin lugar a dudas “la invención de la histeria”1 .

Cuenta la historia de los orígenes del psicoanálisis que en 1872 Charcot fue nombrado director del hospital de la Salpêtrière, y es justo a partir de esa época cuando se empieza a ver la histeria como una enfermedad femenina, puesto que en los informes generales de la asistencia pública francesa anteriores a esta fecha, la histeria no parece ni como enfermedad, ni como afección femenina.

En el hospital de la Salpêtriere, que quedó bajo la dirección de Charcot, se encontraban ingresadas epilépticas junto con todo tipo de enfermas mentales, y como después se descubriría un gran número de víctimas de violencia sexual. Todas ellas eran tratadas médicamente sin distinción alguna y todas ellas fueron catalogadas por Charcot como histéricas.

Retratos de diferentes internas de la Salpêtriere que los fotógrafos Paul Regnard y Albet Londe realizaron entre 1875 y 1900 bajo la dirección de Charcot

Charcot insistía en las causas anatómicas de la enfermedad y por ello aplicaba como tratamiento para la curación torturas tales como: un compresor de ovarios “que bien apretado y público desencadenaba algo ¿la crisis?, ¿el orgasmo?”2 , realizaba sangrías en las zonas genitales, utilizaba descargas eléctricas para producir los espasmos mientras las pacientes estaban hipnotizadas, realizaba cauterizaciones para curar las enfermedades venéreas, y hasta recetaba inyecciones vaginales con agua de Lourdes que “las casadas con Dios” que trabajaban en el hospital aplicaban concienzudamente a sus pacientes. Él, como tantos médicos de la época, consideraba la matriz como el lugar dónde se generaban todos los males femeninos y por ello aplicaba los tratamientos en ésta zona.

 

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Estas son algunas de las imágenes de las “torturas” realizadas en las Salpêtriere, dónde se puede ver el uso de descargas eléctricas para provocar diferentes contracciones faciales, el uso de determinados sonidos para hacer aparecer en la paciente determinados tics; o una secuencia dónde se encuentra una paciente desnuda y atada a una cama en pleno ataque “histérico”.

 

“Charcot clasificó todos los síntomas de la supuesta histeria como enfermedades, sin platearse las causas de ésta: parálisis, anestesias, contracturas, espasmos, anorexia, mutismo, tartamudeo, perturbaciones respiratorias y cardiacas, tics… Anotó como causas posibles: el pavor, las prácticas religiosas, los excesos venéreos, el tabaco, la pertenencia a ciertas profesiones, o a ciertas razas, especialmente la judía3.” Y fotografió a todas sus pacientes, lavadas y arregladas previamente con el atrezzo oportuno, en un escenario preparado para las sesiones a las que asistía público.

Consiguió aislar la histeria como enfermedad mediante el uso de la imagen fotográfica, ya que ésta era considerada en la época un medio capaz de “objetivar la realidad”: la hizo visible, la ordenó, la documentó y la catalogó. Pero además, la fotografía le sirvió para borrar sus implicaciones con el fenómeno y para alejar la idea de que lo que él hacía, era “puro teatro”.


Esta es una de representaciones de la histeria que a menudo aparece en los libros de historia de la fotografía, con ella Charcot pretendía explicar una de las actitudes de la histeria: la actitud pasional, concretamente se servía de ella para presentar el estado de éxtasis de sus pacientes.

 

Todo esto ocurrió porque la fotografía en aquella época se pensaba libre de toda intervención ajena al propio referente. Las imágenes lo distanciaron del objeto de estudio, llevándolo a olvidar que los orígenes de los males de sus pacientes podían ser psicológicos, podían estar lejos de esa superficie plana que tan bien le presentaba la imagen y la anatomía femenina (considerada “desventajosa”), y muy cerca de una sexualidad socialmente reprimida y privadamente dañada.

¿Podía una mujer honesta de la época ponerse enferma por insatisfacción sexual?, ¿Había cabida a la denuncia de los malos tratos y los abusos sexuales que habían cometido familiares del género masculino? La verdad es que en la sociedad absolutamente patriarcal de la época era más sencillo que te cauterizaran el clítoris por una gonorrea4 (que se hubiera podido curar con reposo, buena alimentación y agua y jabón) que plantearse la posibilidad de que había existido acoso sexual, infidelidad, abandono, violación, o maltrato.

El discurso de la medicina, hasta bien entrado el siglo XX justificaba la subordinación de la mujer e intentaba mantenerla alejada de la vida pública, esto se apoyaba en la opinión generalizada de que sistema nervioso de la mujer era más frágil, sensible e irritable que los hombres y por eso se les recomendaba no acceder a las Universidades: “En 1886 se produce en Brighton un congreso internacional de medicina que de forma definitiva se establece la incompatibilidad entre formación superior y maternidad, en él se aseguraba que las mujeres por estudiar se podían convertir en enfermas crónicas.” 5

La medicina del siglo XIX excluyó la posibilidad de que los trastornos pudieran ser sexuales, ya que la doble moral de la época negaba y reprimía cualquier tipo de sexualidad femenina, y además consideraba al útero como una desventaja natural de la mujer, “el culpable de su comportamiento nervioso e histérico”.

La propia medicina atentaba contra la salud de las mujeres, condenándolas a permanecer en el encierro, al tiempo que las hacía vulnerables a todas las enfermedades mentales. El aislamiento social, el descreimiento y las torturas médicas desintegraban la identidad, de cualquier mujer que estuviera en su sano juicio, volviéndola literalmente loca.

Freud en 1886 perdió su puesto como colaborador de Charcot, por sugerirle a éste que había que buscar en lo reprimido de la sexualidad como causa de los desarreglos de las pacientes. Charcot no admitió una etilogía sexual y esto fue lo colocó a Freud en el camino del descubrimiento que le hizo famoso: la importancia del inconsciente.

Si el director de la Salpêtriere utilizaba el método hipnótico para producir los síntomas de la histeria, él lo utilizaría para hacerlos desaparecer. Así en 1895 Freud analizando su experiencia clínica en los estudios sobre la histeria junto con Breuer, y apoyándose en los estudios de Benedikt, encuentra como tema común en todos los casos la represión de recuerdos: incestos, malos tratos, deseos reprimidos… En esta época es cuando elabora la teoría de la seducción: según la cual el recuerdo de los abusos sexuales padecidos en la infancia por parte de adultos provoca las neurosis. Con esto Freud comienza a separar la psicología clínica de la social.

Posteriormente en el congreso de Viena de 1896 presenta 6 casos de mujeres con histeria junto con 6 casos de hombres que padecían la misma enfermedad. Los 6 casos de hombres fueron rechazados por la mayoría de los médicos, puesto que durante siglos se pensaba que la histeria era una enfermedad femenina. “¿Cómo puede decir usted esas tonterías si la histeria viene del útero?” y los 6 casos de mujeres quedaron ocultos por escepticismo o incredulidad. “Así que un año más tarde decide no seguir sustentando la teoría de la seducción y fundamenta su descreimiento en la imposibilidad de acusar al padre de perverso&rdquo6; Comienza a pensar en que el relato de sus pacientes es una fantasía, un falso recuerdo y transforma su teoría de la seducción en la teoría del complejo de Edipo, en el cual el seductor pasa a ser el niño.

 

¿Quién era Edipo?

Edipo era hijo de Layo y Yocasta. Apolo anunció a Layo que su hijo lo mataría y desposaría a su esposa porque Layo había abusado de Crísipo, hijo del rey Pélope. Cuando Pélope se entera de que Layo (padre de Edipo) había abusado de su hijo éste le dice: “que nunca tengas un hijo y si llegas a tenerlo, sea el asesino de su padre y despose a su madre”, la profecía que todos conocemos “tu hijo te matará y yacerá con su madre”, proviene de a ira de Pélope.

Entonces Layo al tener al niño le clava los talones, se los une con la correa y se da a uno de sus criados para que lo abandone en el monte Citerón, allí lo encuentra un pastor y lo da a los reyes de su país Pólibo y Mérope. Edipo se cría con ellos, desconociendo por completo que éstos no son sus padres biológicos. Pasados los años Edipo visita al oráculo de Apolo y éste dice que matará a su padre y se casará con su madre, horrorizado intenta evitarlo alejándose de sus padres, y marchándose de su país. Por el camino se encuentra con Layo, al no querer cederle el paso, tienen un altercado y Edipo le da muerte a Layo.

Edipo continúa su camino y llega a la ciudad de Tebas, una Esfinge que tenía aterrorizada a la ciudad, se reta con él proponiéndole una adivinanza, éste la acierta y entonces la esfinge se suicida. Como recompensa por haber librado a los tebanos de la amenaza de la Esfinge éstos lo elevan al trono y le dan por esposa a la reina viuda Yocasta. Ambos conviven un tiempo ignorándolo todo, hasta el día que se descubre que el que se la cruzó en el camino era Layo, y por lo tanto su padre, y por lo tanto Yocasta es su madre. Cuando esto ocurre Yocasta se suicida y Edipo perfora sus ojos con alfileres y se destierra con su hija Antígona.

Existen varias versiones de la historia, en algunas de ellas se dice que Yocasta no es la madre de sus hijos, sino alguna de las segundas mujeres de Layo; si esto es así el incesto ni siquiera habría ocurrido.

A todas luces parece claro que tanto Freud como el resto de la sociedad ha puesto especial hincapié en que se olvidara la causa originadora de todo el mal: el abuso sexual cometido por Layo, la maldición de Pélope como motivo del dolor; y lo que todavía es más obvio el absoluto desconocimiento de toda la situación por parte de Edipo y la inocencia de Yocasta.

A juzgar por lo estudiado parece que todavía hoy, la sociedad prefiere culpar a los hijos de seductores y tildar a las madres de vampiras que condenar a los padres por abusadores. Todavía hoy la sociedad prefiere tildar a las mujeres de locas o de histéricas que acusar a los verdaderos culpables de muchos trastornos psicológicos.

1-Didi Huberman, Invention de L´hystérie. Charcot et L´Iconogragraphie photographique de la Salpêtriere, Macula, 1982, Paris.

2-Diane Chauvelot, Historia de la Histeria:sexo y violencia en lo inconsciente, Alianza editorial, Madrid, 2001.

3-Ibídem, cap. 9 pág 149

4-Tratado del Dr. Poullet sobre la Blenorragia, Madrid 1884. Citado y estudiado por Isabel Quero Hernández en Violencia, mujer y medicina. Actas del congreso de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga. pág 219

5-Ibídem, pág 221

6-Isabel Monzón. Abuso sexual y psoanálisis: Historia de una desmentida. Revista número 2 del Ateneo Psicoanalítico. http://www.isabelmonzon.com.ar/abusexualmenores.htm del 26.7.2004