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BRÚJULAY CUADRANTE PARA EL ORIENTE: CARTAS DESDE GUATEMALA

Andrea Mallo

 

 

Sábado, 10 de la mañana. Estoy dando guerra desde las 7:30. Aquí amanece temprano, las cosas empiezan temprano, una se duerme temprano... Así es el ritmo, y allí donde fueres haz como vieres. Amanezco a las 6:30 y estoy frita a las 10:30 de la noche. Todo un pasado de noctámbula sacrificado a la vida de campo, al ritmo enloquecido del canto del gallo que es mentira que cantan al amanecer, cantan cuando les da la gana, en medio de la noche… ahora lo sé: tengo un gallinero en el lindero de mi jardín.

Desde las 8:30 tengo a Hilario y su ayudante en casa. Son los carpinteros, indígenas cho’rtis’ que aprendieron el oficio con un proyecto de un guardia forestal de los Cuerpos de Paz. Para que veáis que no toda la cooperación se queda en nada; y ahí están, se ganan la vida y no dependen de la milpa (el cultivo de maíz, incluida la tierra, la semilla, el trabajo de los hombres, el agua... La milpa es la noción de la agricultura en sí misma, casi un compendio de la cosmogonía maya, pero solo refiere al maíz.)

Me están colocando unos petates, una especie de tapiz rústico que sirve para todo: cama, protección de la intemperie, empaque para bultos, suelo de las casas, féretro para los muertos. Lo instalan a modo de persiana en uno de los lados de la galería en el que por la tarde entra mucho sol. Los petates los hacen las mujeres. Un petate de 90 por 1.95 me ha costado 1,50 €, comprado en origen a las mujeres que bajan el domingo a vender su producción de artesanía en el mercado de Jocotán.

En esta época son más baratos y abundantes: en las aldeas se está acabando la cosecha, el hambre empieza a hacer presencia -o ausencia, según como se mire-, y una actividad residual como la artesanía es una estrategia de supervivencia para la mayoría de las familias, por lo menos hasta que llegue el dinerito extra de los finqueros, es decir, el salario de explotación que las grandes fincas de caña o de fruta de la costa y las de café pagan a los hombres que llegan como jornaleros cada año.

Si el precio internacional del café se cae, en el área chorti hay hambruna. Esto es, los índices de desnutrición severa, estables a lo largo del año y agravados a partir de junio, están en relación directa con la bolsa de café de New York. Si ésta varía a la baja, los salarios bajan y los niños desnutridos se mueren. Así es compis, please, tomen café de Guatemala, que sólo en el dispensario de Tuticopote abajo ya tenemos 5 niños y niñas bien chungos.

Bueno, ahí están ellos, ahora intentando agujerear con un taladro mi galería. Se les oye como si estuvieran diseñando la plataforma del Discovery. Mascullan sesudamente en español y en ch’orti’. Ambos son de Pacren, una aldea del municipio de Jocotán muy tradicionalista, de las que los antropólogos especializados en el área consideran más ch’orti’, digamos. Los oigo y es como oír agua. El ch’orti’ se les escurre del sistema de fonación como un trino de pajarito. Es como un idioma dedicado a las grandes cosas, al misticismo, a la tecnología, a la cartografía celeste, una lengua para cuadernos de bitácora, para exploradores de África, para sacerdotisas del amor. Dicen que es la lengua viva más apropiada para interpretar los jeroglíficos mayas antiguos; no sé, como que cuando se oye cuesta ubicarlo como un idioma de cultura agrícola y de supervivencia, es demasiado estupendo.

Son las 10:30 y voy haciendo una evaluación de los avances de mis carpinteros... y van muy lentos. Todo es lento, nada se merece una carrera. Es el calor me imagino, tal vez es que no van a ganar tanto y entonces para qué matarse (aunque les pagaré por estas instalaciones tres veces el jornal en una finca de café: soy una mujer generosa y hemos acordado 12 € por todo el trabajo).

Supongo que tendrá que ver la presión que históricamente les hemos metido para que trabajen. Un investigador de la corte de Carlos III vino a ver por qué había tan pocos tributos de los ch’ortis’. Descubrió que la población había menguado brutalmente y era poca gente pagando impuestos. Se morían trabajando en el transporte de mercancía de la Cuenca del Motawa, desde uno de los pocos puertos hábiles del Atlántico guatemalteco, hacia Antigua, la capital del virreinato. Aquel español recomendó que los cho’rtis’ fueran relevados de ese servicio a la corona: su carácter y naturaleza era débil, mejor eran los negros africanos para ese trabajo, resistían mejor la explotación física. Si se cargaban a todos los ch’ortis’ -para entonces quedaban unos 10.000-, les iba a pasar como en la Hispaniola, que de repente se quedaron sin quien pagara los impuestos. Vaya, que hoy hay ch’ortis’ por una cuestión de política fiscal, hay que joderse.

Y también hay ch’ortis’ porque los ch’ortis’ crecen increíblemente, unos 48 por mil habitantes anualmente. Eso es un pasada; una población humana sin ningún control natal crece como el 50 por mil anual. Figuraos, hay por ahí un antropólogo que dice que en las aldeas el promedio de coitos diarios está en dos y medio, ¡diarios! No sé cuán exhaustivo haya sido su trabajo de campo pero el dato, aunque fuera exagerado, resulta inquietante.

Lo cierto es que las familias son muy numerosas, entre 8 y 10 personas. A los ch’orti’ les gustan mucho los niños. Son mano de obra; los niños con el papá en la milpa; las niñas con la mamá en las complicadísimas labores domésticas –cargar agua, recoger leña, preparar tortillas, criar a los hermanitos y hermanitas menores, atender a los ancianos… Pero los niños y niñas son también diversión y eso es muy importante en las aldeas. Allá no hay tele, sólo alguna radio y la charla de los vecinos, así que las trastadas de los críos son una atracción principal. Una familia con muchos niños y niñas es una familia sana, divertida y próspera, y ch’orti’. La familia grande es una marca cultural importante aquí.

Lo dicho, van lentos y eso nos pone a las 12:30 de la mañana. Si ellos están aquí a la hora del almuerzo, tendré que ofrecerles "sus tortillas". No importa lo que se vaya a comer, el genérico para la comida es "sus tortillas". "Buenos días, seño, ¿va a querer sus tortillas?" Respondo de europea desubicada: "No gracias, prefiero unas tostadas y café"; me mira como si estuviera loca: "Pero ¿va a comer o no, seño?"

El plato tradicional chorti consiste en tortillas, frijoles parados o acostados (habichuelas negras guisadas o como una especie de pasta) y café, muy ligero y azucarado; esto es desayuno, almuerzo y cena. Para las ocasiones: el caldo y la gallina, el pavo asado o los tamales. Los delicatessen son los cocuyos -una especie de bollo de maíz relleno y cocido en hoja de maíz, que admite variantes de relleno y forma, cada una con su propio nombre- y poco más. De beber, café y chicha para emborracharse que también es maíz, ahora fermentado y muy dulce. Se pillan unos pedos espectaculares; los “bolos” son toda una institución en las comunidades ch’orti’ y uno de los factores principales de conflicto social: hombres que se machetean, mujeres golpeadas y todo un aparato de literatura oral que advierte del espacio cultural que las borracheras aportan a los varones; porque las mujeres no beben nunca.

Y después hay una serie de productos rituales, que se consumen o no, dependiendo del rito en cuestión: el atol por ejemplo (un caldo de maíz) y cosas por el estilo. Y el chile, las salsas picantes…, comidas calientes que son las que resultan nutritivas de verdad. Lo que no es salado, caliente y/o picante, no sirve, no calienta el cuerpo y por tanto no es alimenticio. Así, es importante que las cosas estén cocinadas. La fruta es una golosina para niños o -es comida fría y no se cocina, no es alimento-, los zumos no se toman, las hortalizas son un paracaídas legado por los proyectos de cooperación que se desvían al mercado o se zambullen en los frijoles.

Pero no creáis, el cambio ha llegado a las tiendas de supervivencia de las aldeas. La oferta de refrescos es apabullante y muy apreciada: colores y sabores imposibles, muy gaseosos, incluso calientes (llegaron los refrescos pero no la corriente eléctrica). La otra gran innovación de la dieta cho’rti’ son las basuritas, todas esas bolsitas de gusanitos, nachos y demás familia; es importante resaltar que las más exitosas son precisamente las de maíz, de raza le viene al galgo. Y claro, el cambio en la dieta, lo barato que son las basuritas y lo mucho que llenan: ¡diabetes! En las aldeas son cada vez más adultos diabéticos y eso es la muerte segura: nadie tiene recursos para afrontar una enfermedad crónica. Ahora mismo, Hilario está entregado a una bolsita de una de estos manjares plasticosos, con fuerte color naranja y un olor extraño, metálico.

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