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EL EFECTO WERTHER

Juan Carlos Pérez Jiménez


La finalidad de la obra de arte no puede ser otra que la búsqueda de la conmoción.En particular, durante el periodo Romántico, el artista ansiaba provocar estremecimiento; desencadenar sentimientos de desolación, angustia, abandono y hasta desesperación eran sus legítimas aspiraciones. Y eso fue precisamente lo que consiguió, de sobra, Johann Wolfgang von Goethe cuando a los 25 años escribió una novela que resultó ser pionera de lo que luego se consolidaría como un movimiento artístico integral.

Las penas del joven Werther, considerada la primera novela moderna de la literatura alemana, es una obra corta escrita en forma de diario en la que se relata el sufrimiento de Werther por haberse enamorado de una mujer casada, Charlotte. La obra tiene un contenido parcialmente autobiográfico, ya que el propio Goethe se había enamorado de la prometida de un amigo. Se trataría de una historia más de amor frustrado si no fuera porque en la última parte del libro Goethe abandona el estilo de diario para describir gráficamente el suicidio de un enamorado sin consuelo.

El éxito arrollador de Werther en Europa tras su publicación en 1774 trascendió ampliamente el ámbito literario, creando uno de los primeros fenómenos de tendencias a los que ahora tan acostumbrados estamos La acogida fue tan clamorosa como, salvando las distancias y la escala, la que han recibido recientes sagas cinematográficas legendarias o galácticas. Y a tan ardiente seguimiento se le dio en Alemania el nombre de Wertherfieber, fiebre de Werther, para calificar así las modas generadas por el triste protagonista.

La historia de nuestro héroe se recreaba, se proseguía y se parodiaba en otras novelas, poemas y dramas teatrales, inspiraba modas y todo tipo de artículos de consumo y entre sus numerosísimos fans se contaba el mismísimo Napoleón, que afirmaba haberla llevado en su bolsillo durante la expedición a Egipto. Para el estándar de la época, la obra de Goethe generó un merchandising sin precedentes, que incluía hasta un perfume. El académico y traductor de la obra Stuart Atkins lo describía en 1949 de la siguiente manera: "el culto de Werther fue explotado por el comercio: se vendía eau de Werther, y las figuras de Charlotte y Werther (eran) tan familiares y ubicuas como lo son hoy (por 1949) el Ratón Mickey o el Pato Donald, aparecían en abanicos y guantes, en cajas de galletas y joyas, en la delicada porcelana de Messen y en cerámica manufacturada por encargo." 1

El problema es que la moda wertheriana no solo promovía la venta de tazas de café con su imagen. La novela cuenta la historia de un joven inteligente y apenado que acaba pegándose un tiro. Goethe proponía una solución para el sufrimiento amoroso a través de la muerte, que extrapolando un poco era también aplicable a otros motivos de dolor o depresión. Y el libro fue tan leído en Europa que se le achacó haber impulsado al suicidio a jóvenes sensibles que identificaban la trama dramática con sus propias pasiones no correspondidas. La evidencia no dejaba lugar a dudas. En la década de 1770 los suicidas al estilo Werther seguían al pie de la letra la puesta en escena del malogrado héroe romántico. Esto es, se vestían como él, con una chaqueta azul con botones de metal, chaleco amarillo, camisa abierta, pantalones blancos, botas altas marrones, sombrero redondo de fieltro y el pelo sin empolvar. Como el protagonista, se sentaban al escritorio, abrían un libro y se disparaban con una pistola. Se había generado una verdadera epidemia de suicidios románticos en Europa.

La conmoción que busca el artista con su obra había surtido efecto, pero sus consecuencias llegaban más lejos de lo que el autor hubiera deseado. La cuestión adquirió un grado tan alarmante que algunos gobiernos optaron por prohibir la circulación de Werther por considerarla una creación peligrosa. Las autoridades de Leipzig prohibieron su venta, las de Copenhague impidieron su publicación y las de Milán compraron y destruyeron todas las copias por miedo a que se produjese una oleada de suicidios imitadores; y hasta la iglesia Luterana condenó la obra por considerarla, cuando menos, inmoral.

Cabe preguntarse cuál puede ser la reacción de un autor cuando advierte que su obra promueve una práctica tan desoladora y terrible como el suicidio. La respuesta a este caso concreto la encontramos en las palabras del propio Goethe, quien reflexionaba con estas palabras sobre la relación entre arte y vida o, en este caso, muerte: "Mis amigos pesaban que debían transformar la poesía en realidad, imitando una novela como esta en la vida real y, llegado el caso, dispararse un tiro; y lo que ocurrió en principio entre unos pocos sucedió luego entre el público en general.2" Cualquiera que se sepa responsable de impulsar al suicido a otra persona, aunque sea indirectamente, debe maldecirse a si mismo. Aunque obviamente Goethe nada tenía que ver con las tragedias personales de los imitadores de su héroe, sí tuvo la facultad de poner una idea -cargada como una pistola- en las cabezas de esos desgraciados: "No se me había ocurrido matarme, pero ahora que lo dices..."

Y es que tanto episodios históricos lejanos como casos cronológicamente cercanos demuestran el carácter contagioso del suicidio. Plutarco habla de una epidemia de suicidas entre los jóvenes de Mileto, que solo dejaron de ahorcarse cuando las autoridades tomaron la determinación de exponer los cadáveres desnudos. En la historia reciente se han documentado numerosos casos de suicidio por imitación. Sin ir más lejos entre 1984 y 1987 aparecieron en la prensa de Viena, unos anuncios sensacionalistas de suicidios cometidos en el metro que volvieron a despertar el efecto Werther en un gran número de personas. Otro caso parecido es el que ocurrió a partir de marzo de 1991 cuando Derek Humphry publicó Final Exit, un libro que daba consejos sobre cómo suicidarse y que se convirtió en un best-seller en Estados Unidos. Científicos del departamento de Psiquiatría del Colegio Médico de la Universidad de Cornell de Nueva York estudiaron lo que ocurrió después de que el libro saliese a la venta y publicaron sus resultados en el New England Journal of Medicine en noviembre de 1993. Quisieron averiguar si el número de muertes por suicidio utilizando el método recomendado en Final Exit aumentaba durante el año siguiente a la publicación del libro y, efectivamente, descubrieron que se disparaba el número de muertes por asfixia con bolsas de plástico, mientras que el número de suicidios con otros métodos apenas varió.

La lista de episodios en los que un suicidio notorio genera una oleada de seguidores es tan larga como siniestra. En 1962, durante el mes que siguió a la muerte de Marilyn Monroe aumentó la cifra de suicidios habituales en un 12%, lo que supuso unas 200 víctimas. En abril de 1994 el cantante Kurt Cobain se disparó un tiro y durante el resto del año, un número sorprendente de adolescentes suicidas se mataron mientras escuchaban música de Nirvana y algunos de ellos incluso dejaron notas mencionando a Cobain. En 1998 un fan se suicidó y otros dos intentaron hacerlo en el funeral de la estrella del rock japonesa Hideto Matsumoto, pocos días después de que Matsumoto se hubiera ahorcado con una toalla. Los psiquiatras saben que un suicidio en un hospital psiquiátrico es susceptible de ser seguido por más y eso mismo, aplicado a lo sociedad en general, fue lo que comenzó a investigar el sociólogo americano David Philips ya en los 70, en un artículo que dio nombre al denominado efecto Werther3. Su conclusión fue que las cifras de suicidio aumentaban de forma significativa después de que las noticias de suicidio aparecieran en la prensa y que el incremento era proporcional al nivel de cobertura que recibieran dichas historias. Desde entonces, se han sucedido numerosos estudios que corroboran esta tendencia ya anunciada tiempo atrás por uno de los pioneros en la investigación social en el siglo XIX, Emile Durkheim quien afirmó en su estudio de 1887 titulado Le Suicide que "ningún otro hecho es tan rápidamente transmitido por contagio como el suicidio." Como consecuencia de estas investigaciones, el gobierno norteamericano puso en marcha 1994 un programa sobre el contagio del suicidio para proporcionar una guía de recomendaciones con el objetivo de minimizar el efecto Werther y un proyecto similar se puso en funcionamiento también en Australia.4

En un mundo que se cobra anualmente más víctimas por suicidio que por guerras y homicidios5, sorprende la poca atención mediática que recibe esta forma de muerte auto-administrada. Resulta extraño que se oculte el suicidio en una sociedad que lo enseña todo. En un momento en el que todo se convierte en espectáculo, desde lo más íntimo a lo más deplorable, es curioso que los medios de comunicación hayan hecho un pacto de silencio respecto al suicidio. Sobre todo cuando se trata de la causa de muerte violenta más frecuente de todas. ¿Se trata de un acuerdo tácito de los medios de comunicación por razones éticas? ¿O será que el suicidio cuestiona todos los valores de nuestro mundo, por su evidente rechazo radical de lo que somos?

El componente contagioso que se asocia al suicidio puede ser la principal razón de ese silencio mediático premeditado. Pero el hecho de que se trate de un acto contra natura no lo explicaría en absoluto, cuando las páginas de la prensa y los minutos de información se llenan con fruición de las perversiones más abyectas que se puedan concebir, maquilladas por un perverso acto de contrición y denuncia de lo indeseable. Sorprende pues que aún no se haga espectáculo mediático del suicidio. Ya fuera teñido de afanes explicativos o bajo el aspecto doctrinal del que desea prevenirlo, el asunto se presta a ser carne de cañón en espacios y páginas de sucesos. Pero, afortunadamente, existe ese pacto de silencio en los medios de todo el mundo y raramente se quiebra. Sólo en casos especialmente llamativos por las circunstancias en que ocurra o por la naturaleza de sus protagonistas salta a la luz pública. Pero no existe nada similar al recuento de víctimas de violencia doméstica o accidentes de tráfico que diariamente realizan las autoridades y los medios reflejan, una evidencia del estrecho margen que separa prevención e incitación.

Pero algo nos advierte de que el suicidio es innombrable, que aparte de la negación social radical que supone, abre una vía de escape que a otros podría no habérsele ocurrido. Cuando un suicida cae cerca de nosotros, esa trágica solución a los problemas de la vida se nos plantea como una alternativa que ya no es ciencia ficción ni literatura romántica. Los medios de comunicación parecen advertir que si se habla de ello, la idea puede agarrar en quien no lo había considerado o animar a quien ya se lo hubiera planteado.

En el suicidio se puede leer claramente un mensaje social que expresa un fondo de rechazo al mundo en que vivimos: “Cuando se analizan los motivos de la gente que ha intentado suicidarse, normalmente se descubre un deseo de castigar al mundo que es más fuerte que el deseo de destruirse a si mismos. Es el mundo de cada uno y la vida de cada uno en ese mundo, lo que se ha convertido en intolerable, y lo que se ansía no es tanto la aniquilación personal como el cambio existencial6.” El proverbial adiós, mundo cruel es en realidad una sentencia de muerte a la sociedad en que vivimos, solo que la ejecución se realiza del lado que queda más cerca de nuestra mano.



1-Atkins, Stuart Pratt, The Testament of Werther in Poetry and Drama. Cambridge: Harvard UP, 1949.

2-David P. Phillips. "The Influence of Suggestion on Suicide: Substantive and Theoretical Implications of the Werther effect." American Sociological Review. 39, 1974, pág. 340.


3-David P. Phillips. "The Influence of Suggestion on Suicide: Substantive and Theoretical Implications of the Werther effect." American Sociological Review. 39, 1974, págs. 340-354

4-La tesis del contagio del suicidio fue recogida en la política pública de Estados Unidos tras un taller nacional respaldado por el Center for Disease Control and Prevention realizado en 1994. En Australia, por su parte, se formalizaron los National Youth Suicide Prevention Strategy National Projects.

5-Cada año mueren en el mundo un 1,6 millones de personas por muerte violenta, incluyendo homicidios y víctimas de guerra, de las cuales casi la mitad son suicidios. Informe de la Organización Mundial de la Salud, 2001, www.who.int.


6-Anthony Stevens, The Roots of War and Terror, Londre: Continuum, 2004, págs. 232-233.