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EL ELEMENTO ÁCUEO

Alejandro Tarantino

 

Construimos inmensas tumbas para lo ignoto, nos representamos lo que no tiene nombre, obcecados en una empresa destinada al fracaso; sólo un ser para la muerte agota las posibilidades de la vida, orgiásticamente, y abandona lo inexhaurible: decía Borges que “el mito es la última verdad de la historia”1 , y allí, y en lo que de él perdura, la creación es la pulcra realidad de los oscuros, habitarlo desde las alturas eleusianas. Así, mirar el mundo, verlo; así abolida la razón y el prestigio de la luz, la mirada es materia y sus objetos la única belleza del mundo. La oscuridad se resarce del olvido de sus hijos y grita con todo su cuerpo que la fugacidad de los relámpagos sólo arrastra a los locos, a los hijos del silencio que traicionó la palabra. Los locos son ellos, los traductores, los que hablan para el olvido. La memoria y el tiempo, la Historia, se guarda en la ignorancia de la oscuridad, donde los ríos erosionan los innumerables arquetipos platónicos y nos legan las formas sin nombre de la experiencia, la huella incisa en la piedra que el arte contempla en su devenir ético y poético, la constancia, quizá la única, de ser materiales. Porque el dolor de los enfermos de sentido es no poder decir lo que creen saber; pero, el dolor de los cuerpos es un grito, un otro material: no es una falta que deba ser cumplida, sino la necesidad de expresar, de poseer y no imaginar, de dulcificar la existencia. Sólo la oscuridad matiza el ahogo de la luz, sus simulacros fosforescentes, y enlaza lo creado a la semejanza de los espacios humanos. El dolor es la locura, “la pesadilla es mucho más atractiva que el sueño”2, el arte es un recinto de sepulcros y epitafios, custodiado por un atajo de románticos que aman las ruinas y que ven en la historia de la creación el porvenir de la vasta melancolía, son trágicos pero no contradictorios, son cosméticos y no estetas... Los que ensalzan el sufrimiento como génesis no pueden crear el arte que los seres humanos necesitan: hemos nacido para el placer y no para el llanto inútil del condenado.

Amo a los hombres, porque no hay a quién amar, y toda creación ha de ser la generación de su espacio habitable; salvo, quizá, el vehemente abandono de la persuasión en lo inorgánico, la creencia en el alma de las piedras, la satisfecha imagen del orden creado, el orden espectral de los enfermos, sus supersticiones fantásticas y contagiosas que auguran el destierro, la falacia de una memoria que olvidó los nombres y en ellos las manos que la escribieron y la geografía real en la que habitó. Las piedras no, pero sus signos llevan al hombre inciso. Hoy, el arte vencedor de los locos, extiende la idea de un mundo caminando de espaldas, al fondo, la llanura de Mylai, donde yace la piedad3 junto a la esperanza del regreso, aullando, mugiendo están los jirones de quienes guardaban las palabras hermosas de cada cosa.

Todo el ácueo aliento del existir, el ánghelos, el relato que habitamos, hace que hayan existido todos los hombres y que el viaje continúe alejándose de Ítacas condenadas a que nadie regrese. El ácueo elemento se adentra en la noche para encontrar la dignidad de la tierra, el horror de haber olvidado vivir para acallar su voz insoportable, para mostrar que este mundo es el peor de los posibles 4, el sueño de una razón optimista que robó su fluir a la belleza. La mayoría de los artistas, locos visionarios, narcisos irredentos de su propia imagen donde ven el mundo, alucinados delirantes, esos locos que se quieren locos dentro de la normalidad asfixiante, creen que el suyo es el mejor de los mundos posibles, y citan a Leibniz, ignorantes del optimismo semánticamente vacuo que despliegan en un arte cada vez más enajenado en su propio mejor mundo, sin buscar las aguas del olvido5 . Y lloró la memoria en los vientos de extravío por no perdurar en la belleza cosificada; su sosiego, aletargado, yace en el fondo como un pecio que una tormenta de sinrazón naufragó. Adiós, esperando que el cerco vuelva a abrirse, para en la calma recuperar el antiguo nombre de las cosas, la cordura de las naves clandestinas que emergen de los fondos absueltas de su dolor. Adiós locos

 

1-J.L. Borges, El congreso del mundo
2-J.L. Borges, Libro de las Ruinas
3-La piedad borra los nombres, es el veneno cierto del olvido. La piedad vomita salvación y culpa.
4-El Cándido de Voltairé, de Sciascia

5-La historia de Sadak, noble persa