Son muchos los que opinan que estamos viviendo una época en la que el miedo se ha instalado en las vidas de los ciudadanos con un arraigo sin precedentes. Pero el hecho de bautizar a este periodo como la era del miedo, no es original. En 1937, un artículo titulado “The Age of Fear” publicado en The Listener, hablaba del protagonismo del miedo, como lo había hecho también Theodore Roosevelt, en su famoso discurso sobre el miedo al miedo de 1932. Y es que los años 30 del pasado siglo fueron especialmente propensos al pánico, con los ánimos sociales impregnados como estaban por las consecuencias de la crisis económica y por la premonición de una guerra que se vislumbraba en el horizonte. Durante la era nuclear también se predijo que los historiadores del futuro “si quedaba alguno”, denominarían las décadas de los 50 y 60 como la edad del miedo. Conviene, pues, intentar comprender cuáles son las diferencias entre esos periodos y el que estamos viviendo, y las características propias de esta sociedad nuestra en la que autores como el británico Furedi y el norteamericano Barry Glassner han coincidido en que impera la cultura del miedo.

El miedo a asumir riesgos y la transformación de la seguridad en una de las mayores virtudes aparentes de la sociedad es el tema principal del libro de Furedi, Culture of Fear. La adoración de la seguridad ha fomentado una inclinación a exagerar continuamente los problemas que afronta la sociedad, que a su vez ha promovido una actitud de cautela y ansiedad. La disposición a percibir la propia existencia como exposición al riesgo ha servido, según él, para modificar la acción y la interacción entre la gente. Por eso, la posibilidad de entrar en pánico, el temor a los extraños y el debilitamiento de las relaciones de confianza están teniendo importantes implicaciones en la vida diaria. Estas tendencias han alterado la manera en que las personas se miran unas a otras. A través del prisma de la cultura del abuso, nos hemos redescubierto como tristes individuos dañados y necesitados de ayuda profesional, individuos ineficaces que sumamos colectivos con bajas expectativas. “Nos sentimos cada vez más cómodos viendo a la gente como víctimas de sus circunstancias en lugar de cómo autores de sus vidas. El resultado de estos desarrollos es una visión del mundo que equipara la buena vida con la auto-limitación y la aversión al riesgo.”

El libro de Glassner, igualmente titulado The Culture of Fear, nos pone sobre aviso de una frecuente perversión del miedo entre la población estadounidense: el desenfoque de los objetivos protectores que le dan sentido para transformarlo en tapadera de actitudes sociales preocupantes, cuando no peligrosas en sí mismas. Se trata de unas distorsiones que encuentran rápida difusión entre la población, por incorporar una dimensión espectacular en su planteamiento inicial, dado que se presentan como asuntos de impacto que encuentran un aliado dispuesto en los medios de comunicación. ¿Quién puede dejar de atender un titular cuando se habla de ciberporno, virus mutantes, drogas ilegales, niños asesinos, aviones estrellados, adolescentes embarazadas o minorías criminales? Los grupos sociales eligen qué peligros disparan sus señales de alarma y a cuáles permanecer impasibles. Estos peligros se seleccionan, según la antropóloga Mary Douglas, en función de su capacidad de ofender principios morales básicos de la sociedad, o bien porque permiten realizar una crítica a grupos e instituciones que disgustan. Una muestra de esta última actitud, muy extendida actualmente, lo encontrábamos ya en la Europa del siglo XIV, como nos recuerda la autora al relatar el endémico problema de salud que había supuesto desde siempre el agua contaminada, pero no fue hasta que resultó conveniente acusar a los judíos de envenenar los pozos que la gente se empezó a preocupar por ello.

Otro de los motivos que se vislumbran para proyectar el miedo sobre señuelos irreales es desviar el sentimiento de culpa que generan muchas de las actitudes de la vida contemporánea. Esta es, en mi opinión, la principal razón por la que país entero se puede obsesionar temporalmente con un tema de portada hasta convertirlo en el eje de todos los males. Glassner nos advierte de muchos miedos fantasma que no hacen sino ocultar problemas más profundos, más cotidianos, menos mediáticos y sobre los que sí tendríamos capacidad de actuación, porque nos incumben más directamente. Pero es más fácil desviar la atención y la responsabilidad con historias maniqueas de víctimas y villanos, “historias en las que la gente real, con su complejidad real, y los peligros reales que afrontan ellos y la sociedad en general, se pueden vislumbrar solamente entre las sombras.”

Según se concluye de los medios de comunicación norteamericanos, el súper-depredador más temido es el joven de raza negra. Pero para demostrar lo sesgada que puede llegar a estar la opinión pública, resulta que el hombre negro es quien más posibilidades tiene de resultar víctima de un crimen: hasta 18 veces más que una mujer blanca. Lo que sucede es que esos crímenes no son noticia. Al igual que los muertos de países menos industrializados ocupan menos centímetros cuadrados de periódico y menos segundos de telediario, el asesinato de un hombre negro recibe mucha menos atención informativa que el de una mujer blanca, sea quien sea el agresor. Otra estadística reveladora en este sentido es la que recoge el número de policías negros muertos a manos de colegas de raza blanca: 20 policías desde 1941 sólo en la ciudad de Nueva York, mientras que durante este mismo periodo ni un solo oficial blanco ha muerto por el disparo de un agente negro. “Imagínense el ataque de horror si 20 mujeres policía hubieran sido disparadas por agentes masculinos. Pero cuando se trata de raza, cuanto más obvio es el patrón, más oscuro parece.”

Vemos pues que la prioridad informativa no se basa en el número objetivo de víctimas y que el peso de la realidad no es siempre un elemento decisivo. El baremo lo establece qué es lo que asusta más a la mayoría, porque se ha extendido la noticia de que “la gente reacciona al miedo, no al amor. Eso no es lo que enseñan en catequesis, pero es la verdad” Esta siniestra frase del polémico presidente americano Richard Nixon conecta con el espíritu de los tiempos que vivimos. Así se puede explicar la reflexión que lanzaba Patrick Cooke desde las páginas del New York Times, al respecto de la influencia de los contenidos televisivos en la población. Su planteamiento era que si los jóvenes ven decenas de miles de asesinatos en televisión, también ven incluso más actos de amabilidad. Las teleseries, las comedias románticas, las telenovelas, las películas de la semana, los dramas médicos, e incluso las series policíacas, están repletos de personajes que constantemente se enamoran y se ayudan. Frente al popular concepto de violencia gratuita, Cooke habla de que los protagonistas de casi todos estos espacios comparten unas dosis tan altas de paz, tolerancia y comprensión que se les podría acusar de ejercer una armonía gratuita. ¿Por qué no llegar a la conclusión, se pregunta, de que la televisión promueve la bondad tanto como la violencia? Debe ser que le prestamos más atención a las consecuencias de los mensajes de violencia y temor, porque sabemos que el miedo desata un interés primario en nosotros que conecta con la sensación de estar vivos, con la certeza de que si en algún momento tememos perder nuestra integridad física o psíquica es porque aún la tenemos.

Del héroe al superviviente

Desde la antigüedad el valor se consideró un atributo que convertía al hombre en héroe, una virtud que lo elevaba de entre el común de los mortales para acercarlo a la grandeza de los dioses. El valor generaba poder de forma automática y así siguió siendo civilización tras civilización. Identificada como una cualidad reservada a los nobles, los caballeros se distinguían de los villanos por su valor, y en él tenía su origen el dominio de tierras y feudos. La numerosa colección de retratos heroicos de nobles y monarcas que guardan nuestros museos constituye una evidencia del interés por subrayar un atributo que muy probablemente no todos poseían. Cuando Tiziano retrata a Carlos V en Mulhberg, el principal objetivo de la obra es transmitir la gallardía de un rey capaz de asolar tierras flamencas si los protestantes se desmandan. Según esta tradición, el poder se traspasaba del valiente a sus herederos, hasta que los protagonistas de la Revolución Francesa cuestionaron la fórmula y conquistaron a brazo partido “el derecho al valor” . Mientras que el miedo era una emoción que todos podían sentir independientemente de su rol social, el valor y la cobardía pertenecían al campo de la acción. Y, en consecuencia, sólo aquellos a los que les estaba permitido un papel activo en la sociedad podían ponerlo en juego. Tras el golpe de mano revolucionario, afirma Delumeau, cualquier ciudadano se enfrenta a la tesitura de medir su valor y asumir su cobardía. El heroísmo se democratiza y ya no lo encarna únicamente el hombre en plenitud de facultades.

Desde entonces, la percepción del valor clásico fue transformándose y ya en la sociedad contemporánea ha quedado “poco sitio para las pretensiones del héroe. En su lugar, se percibe a la gente bajo un prisma enteramente distinto. La sociedad se siente mucho más cómoda con los perdedores que con los ganadores. Aquellos que han aprendido a vivir con sus limitaciones son los nuevos modelos de comportamiento. Alguien como Christopher Reeve, el actor que hizo de Superman, incapacitado tras un accidente trágico, pero que sobrevivió en lugar de darse por vencido, personificaba el modelo de conducta de los 90.” La sensibilidad social ha evolucionado desde el modelo del héroe al del superviviente. Encuentra más valor en el que aprende a superar las dificultades desde la debilidad y la pérdida que en la arrogancia del superdotado con cualidades y virtudes innatas. El antihéroe de tantas historias recientes deja tras de sí un aroma mucho más humano. El héroe siempre tuvo una genética semidivina en la cual residía su atractivo, pero que a la vez lo alejaba de nosotros, simples mortales. Podía ejercer su papel como inspirador y modelo, pero también nos dejaba desolados con nuestras limitaciones. También Furedi está de acuerdo en que los nuevos modelos a seguir son aquellos encarnados por personas con capacidad para sufrir. Y señala que se ha producido un giro en el gusto cultural que ha ido reemplazando el heroísmo de afrontar riesgos, por el heroísmo de soportar el estrés. Ser capaces de aceptar una carga, en lugar de hacer algo por remediarlo, resume bien un estado de ánimo de bajas expectativas, que según el autor, caracteriza nuestra época. Así, los sometidos, las mujeres, los niños o los ancianos van encontrando poco a poco en la literatura y la cultura popular representantes con los que identificarse en la galería de héroes o antihéroes. Es entonces cuando se produce el verdadero giro en la concepción del valor y lo heroico. El héroe no es el empresario que pone en marcha los altos hornos, sino el proletario que resiste una jornada de 18 horas. El héroe no es el arquitecto del Empire State, sino el operario que se cuelga del piso 110. El héroe no es el atleta de Olympia retratado por Leni Riefenstal, el verdadero héroe es el superviviente del campo de concentración.

Últimamente, el heroísmo se ha popularizado tanto que en la iconografía más contemporánea ha sobrepasado ya el ámbito de lo meramente humano. Entre los agraciados con el toque del valor vimos a perros como Rin Tin Tin y Lassie, a caballos como Furia de la serie de los años 50 y al Black Beauty de los 70, a un delfín como Flipper, y más recientemente a las hormigas de Antz, a las gallinas de Chicken Run y a un pez payaso llamado como un capitán de Julio Verne. El acceso universal al heroísmo no ha hecho más que degradar esa figura para reducirla a lo que es, una construcción maniquea y artificial. Ulises, El Cid o Batman ya no pueden ser más que estereotipos. Tras siglos de historia fundamentada en la muerte heroica, tras generaciones educadas en la virtud marcial, el hombre acabó por darse cuenta que la gloria de los héroes clásicos, la eterna redención de la cruzada cristiana o la guerra santa de la yihad no resistían un análisis racional. El hombre temeroso acabaría por emerger como un sujeto racional, sensato y sabio. Porque el ciudadano ha aprendido a identificar a los verdaderos protagonistas del drama contemporáneo: el inmigrante que atraviesa el mar en patera en busca de una vida mejor, el niño que es arrebatado de su infancia para trabajar o guerrear, la mujer que se ve arrasada por la voluntad del hombre, el homosexual que en tantos países se juega la libertad y hasta la vida por defender sus derechos. Hemos aprendido a ver que la víctima es el héroe.