No os obcequéis en la luz, abandonad el rastro de este mito pernicioso, de esta metáfora inhumana, que desde el origen de nuestro pensar pugna por equivocarnos y nos arrastra a la locura que alimentamos con cada desgarro de iluminismo, en la que hemos vivido poseídos y enajenados bajo el yugo de lo que no somos.
Abandonad los destinos aciagos, el sino de la muerte con nombre, el sentido de la existencia y las palabras que se quieren en bocas venenosas más que los hombres; abandonad a los hombres renegados de su naturaleza.
Que nadie os quiebre por una hebra de luz, por el simulacro del paraíso y el retorno de los muertos. No hay una frontera, ni un límite, y aunque sea hermoso pensar en la laguna Estigia, que nadie coja vuestras manos para adentraros más allá del aire que mueve vuestro cuerpo, porque más allá no hay nada, salvo el cesar del tiempo y el cambio de la materia despojada de su conciencia. Más allá sólo existe el territorio de los suicidas, una inmensa nada donde yacen los que imaginaron la insuficiencia de la vida, por ser tan oscura, llena de sombras y matices. ¿Quién les engañó, y arrastró su lucidez a las consideraciones precarias sobre la vida, quién les dijo que vivir es una rémora insufrible y que abandonar este esfuerzo, de padres a hijos y estos a sus hijos, es una liberación y no la pérdida absoluta?
Abandonad la luz en la que todo se iguala y la diferencia pasa a ser lo que se odia porque se recuerda el aliento de un tiempo, el viento que no viene del paraíso sino de la orografía y el movimiento de la materia.

Sepultad los muertos, la materia de nuestros sueños más terribles y ancestrales en el lenguaje, aquel que abandona los territorios elididos del amar y del pensar y al comprender, desaparecer, no sentir el apetito de ser lo que no se puede ser de ningún modo y errar fúnebremente, en el cortejo que se aleja de las sepulturas atemorizantes, en los nombres que son el patrimonio de nuestro miedo, ese miedo necesario a la vida que se odia en su finitud y a la vez se regocija en ella.
No haber conocido a ningún ser humano que anhele la eternidad hace pensar, pensar en querer volver a la materia anterior, pero, este miedo, este pensar, este amar desesperadamente haber nacido, es la única condición que puedo imaginar para semejante regreso, el regreso al fin del mundo, a la tierra patagona o al mismísimo hielo que te abrace como el viento del Cabo de Hornos; amar las abisales profundidades donde reposar como navío que buscó hundirse donde los perdidos lo son para siempre, la ignota oscuridad donde la sombra pierde su nombre y la extrañeza de haber vivido es no haber aprendido nada, salvo el oficio de la tiniebla y el prestigio de la oscuridad. Decidme, vosotros que leéis para perder el peso de las palabras, ¿cuántas preguntas no quisierais abandonar en las hojas caducas de los libros? Incluso esta insidiosa insistencia en nuestra tara…
Ralea de curiosos que pregonan sus miedos como alardes de entendimiento y pueriles trascendencias de lo humano, esta contumacia del sentido, incluso el absurdo, incluida su negación e incluso la abnegada aceptación de ser lo único que se puede ser, como si ser fuese el sumun del incierto destino de la evolución de la vida. Finalmente callar la claridad que se expresa en la oscuridad, como una despedida radical, la del verdadero amigo que muere en el silencio aunque siga vivo en el último rincón del mundo, ejercitando una literatura de la desaparición que leemos ya para no preguntar sobre nada, y menos sobre él ya muerto y escondido antes de los signos y sus identidades. Sí, imagino el estado incorruptible del que se sabe muerto para los otros y sus pies siguen hollando la lejanía. E imagino la caída, como un despojo, de lo que se ha sido, siento la renuncia honda e inconsolable, la humanidad abierta en herida y la memoria de su voz que eclipsará el recuerdo de lo pensado; mientras él, estático al borde de la dicha de desaparecer, escucha la finitud y su pléyade de sentidos, aquellos que construyeron la enorme soledad en la que es por si mismo abandonado.
Un no lugar yace en el mundo, osario de quienes lo encontraron y sin signos que atestigüen que alguna vez alguien llegó tan lejos; al comprender, desaparecer, y en este acto de despedida convertir el pasado en una mirada perdida y absurda fuera del tiempo, y el terror innegable del enmudecimiento ante una totalidad que fue la quimera en la que se sustentó el lugar del reposo del hombre. La renuncia al origen, qué más le podemos pedir al esfuerzo de haber amado, al haber soportado el odio creciente de ser nacidos y existidos en otros que amaron y odiaron lo que abandonamos en el margen final de la vida, mientras nos asaltan los gestos de los cuerpos que nos acompañaron y nos arrancan a jirones la última materia de las palabras precipitadas de las despedidas.
¿Qué seré cuando este amor a la vida se agote, y dónde lo seré? ¿Seré acaso el yacimiento imaginado en el temblor de lo inútil, la materia de la derrota que fosilizó el fantasma de la vida? O quizá, en el último miedo, en el último paso, poco importe ya la pregunta, todas las preguntas que creímos eran el ejercicio de la ironía y nuestra íntima e inconfesable forma de salvación. Miedo, de haber vivido y de no haberlo hecho, miedo de ti y de nadie, de ti que fue en lo que fui, de nadie que soy ahora que sé que nadie, por esta condición de transparencia, me busca; porque existí en ser buscado y en la vanidad que despertaba en mi, haciéndose obscena la fantasmagoría de la representación y el simulacro de ser, incluso una contradicción o por eso, para el que amó, y después lloró lo encontrado, ya que no era sino su propia aspiración a ser afecto por otro… Tan superficial emoción, tan innecesario viaje, nos produce el miedo de no haber sentido el rapto de la intensidad, la ternura de la eternidad.
El consuelo de haber sido amado nos convierte en los seres más solitarios, incluso cedemos al delirio del abandono, porque no puede ser perfecto el sosiego tras conocer la bastardía de la memoria desarraigada, que dejamos de ser en el instante, huella de nuestra memoria, en el que el otro desaparece: su cuerpo y su voz; y aunque juguemos con la ilusión del retorno, sólo nos asaltan imágenes de nosotros mismos intentando atrapar la materia imposible de la evocación. Así que, acompañados por fantasmas, descubrimos con pasmo la pasión hacia uno mismo, que no esta en la piedad hacia los amados - pietás, lugar de la palabra donde el hombre reconoce la derrota de su figuración como creatura, la condena de no reconocerse prescindible, la forma menos irónica de la pertenencia, la servidumbre a todos los nombres que se legitimaron en nuestro olvido, la veneración a la continuidad y al engaño del destino, la deuda por haber nacido que nos llevará a juicio por deudos en manos y espada de los que jamás sintieron el temblor, el terror, de estar vivos, sintieron melancolía - , sino en la ausencia, la desaparición aunque se torne un imposible: sabemos que ser no es percibir, y a pesar de existir por otros, en el arrebato del orgullo, callamos y nos asolamos: mejor la soledad que ser otro que un otro quiere para sí. Imaginamos nuestra existencia mientras el mundo gira, absurdo y loco, hacia lo indecible; y acontecemos en el pensar y en el amar, semejantes a los que piensan y aman, atónitos ante el espectáculo de la superchería y de la fascinación por el simulacro. Un acontecer imaginado, íntimo hasta la desolación, cuando vencido el estertor del miedo vivir sea superable ante la visión del fin del mundo, el lugar más solitario de la tierra, y haber imaginado todo lo vivido nos arranque la sonrisa de quienes nos habitaron y quizá, como nosotros, se encuentren en algún confín osando imaginar nuestro ardor ante otro fin, tan necesariamente distinto, porque ninguna muerte debiera ser equiparable, porque es lo que nos diferencia, porque a nadie iguala, porque reclamar la desaparición como lo único que no acontece es reclamar el derecho de no haber sido jamás.
La inefable tendencia a las sombras, la idea de compartir su naturaleza o al menos movernos en la mimesis de su transformación a medida que las cosas, salvo la inexpugnable esencia de las piedras, abandonan nuestra presencia y pasamos a mezclarnos con los matices de la tierra, limpios del lastre de lo superfluo y portados por el movimiento de todo lo que realmente es y nos supera; aunque el anhelo de nuestra inteligencia busque destruirnos arrojándonos contra las palabras. ¡Qué desazón mirar el romper de las olas de los mares del norte contra los acantilados!, deshaciendo su aparente resistencia. Así se ven los hombres, amontonados como las piedras de la costa azotados por el tiempo. Mirad las sombras de los agrestes litorales, su belleza sin nosotros se hace inquietante… ¿Quién no desearía la eternidad continental, después infinitamente fragmentada hasta la roca aislada y erosionada, quién no, ese instante en el que nada sustente la resistencia y pasar a ser agua que golpea y tiempo innecesario?
Cuando cada pensamiento sea la ternura de lo humano ante el fin del mundo, cuando la experiencia moderna alcance en la huida la vacuidad de las regiones en las que caeremos desde el tiempo y abandonemos el sentido de la historia, cuando ante nuestras manos desiertas las formas erigidas en la locura nos devuelvan la proporción de nuestra desnudez, entonces la luz imaginada se apagará y religaremos nuestras hebras a lo innato.