“¿Y vosotros quién decís que soy yo?” (Mt, 16, 15), preguntó a sus discípulos un tal Jesús de Nazaret. Si hasta el Hijo de Dios necesitaba que su identidad fuese reconocida, ¿cuánto más el común de los mortales? Desde que nacemos somos inscritos en el registro civil, con nuestro nombre y apellidos –o nombres y apellido, según nuestro país–. La disolución efectiva de un estado, como p.e. Albania, acaece cuando ya no hay ni Registro. Con gran consecuencia lógica tampoco padrón municipal, ni catastro: si los individuos no existen oficialmente carecería de sentido dotarlos de un lugar oficial de residencia, o adjudicar porciones delimitadas de terreno a personas.
Pero para los humanos, y para los occidentales en especial, la identidad ha sido y es una obsesión, al menos desde El Sofista de Platón. En toda obra, sea literaria, filosófica, científica o artística, ha de constar su autor y su fecha. Los anónimos voluntarios son una auténtica rareza, y responden casi siempre a precauciones ante algún temible organismo de censura. No ocurre así por ejemplo en la India, donde casi todos los grandes textos de su tradición son anónimos y ucrónicos. No importa quién los compuso, pues lo fueron por inspiración divina. Ni cuándo, pues la concepción circular del tiempo implica que se repetirán, que no hay nada realmente nuevo bajo el sol. Para nosotros, empero, determinar la autoría es fundamental. De hecho ciertos textos adquirieron repercusión y prestigio gracias a su supuesta autoría. Sólo por ser atribuido a Salomón se explica que un libro que rezuma escepticismo, como el Eclesiastés, fuera admitido en el Canon del Antiguo Testamento, igual que el Apocalipsis fue admitido en el Nuevo Testamento por su atribución a Juan, el apóstol. Hoy sabemos que el autor del Apocalipsis no es el mismo que el autor del Evangelio de Juan, y que ninguno de los dos es uno de los doce apóstoles. Aun así, los actuales cristianos evangélicos creen que las profecías del Apocalipsis están a punto de cumplirse, incluido el arrebatamiento de los cristianos por Jesús desde el cielo para rescatarlos del armagedón. La cosa sería cómica si no fuera porque más del 50% de los estadounidenses creen en el cumplimiento efectivo y próximo de tales profecías, incluido por supuesto su presidente, y, lo que es peor, están dispuestos a hacer las barbaridades que sean para que se cumplan.
Volviendo a nuestra reflexión sobre la rareza del anonimato, en una sociedad en la cual los “derechos de autor” son tan fundamentales y el plagio un delito execrable Internet se cierne como una amenaza de proporciones colosales. Cualquiera puede cortar y pegar y convertirse en supuesto autor, siendo casi imposible rastrear el original. Pensemos en el modo en que promocionan los científicos. Un dato fundamental es el número de veces que son citados artículos suyos en la lista oficial de revistas académicamente relevantes en su campo. Una publicación anónima es una nulidad.
¿Y qué decir de las identidades colectivas? Pensemos en los nacionalismos y su obsesiva e interesada persecución de la identidad nacional. ¿Viene la nacionalidad determinada por la raza o la etnia? Pero hay demasiadas mezclas para que alguien pueda considerarse puro judío, vasco, gitano... ¿La lengua como factor identitario? Quizás, pero la frontera entre lenguas puede ser borrosa, tanto sincrónicamente, como entre los actuales catalán y valenciano –o entre el gallego y el portugués– como diacrónicamente, así entre el castellano del siglo XII y el actual. ¿La religión, acaso? Pero dentro de una misma religión pueden cohabitar cientos o incluso miles de confesiones o sectas. Casi cada día nace una nueva “iglesia” cristiana, y algunas alcanzan notable difusión. Entonces, ¿qué constituye la identidad de una nación? Inevitablemente la oposición activa a determinados grupos de personas, circundantes o entremezclados, que tienen algo distinto: la fisonomía, el color, el acento, la lengua, las creencias, ciertas prácticas, algunas costumbres… o, muy a menudo, un distinto nivel económico y/o social.
Si bien la identidad nacional es la que ha movido más dinero, más ríos de tinta y, también desgraciadamente, más sangre ha hecho correr, la identidad personal es la que nos concierne en última instancia. Cierto que históricamente se ha colocado la supervivencia de la patria muy por encima de la de la propia vida, y así han funcionado en buena parte los grandes ejércitos y las empresas de conquista. Pero hoy en día, al menos en Europa, esto se discute mucho. Por eso los ejércitos se han convertido en profesionales: se está dispuesto a arriesgar la vida a cambio de un salario, no de unos ideales patrióticos. Pero el interés por la supervivencia propia trasciende la existencia y afecta a la identidad. Todos necesitamos saber quiénes somos. Y si lo sabemos o creemos saberlo, necesitamos que se nos reconozca. El enfermo de Alzheimer, una de las lacras de nuestra civilización, comienza olvidando el día del mes en que vive (algo enjundioso de acertar, pues hay una posibilidad entre treinta, y el dato se modifica cada día); luego olvida el día de la semana (una posibilidad entre sólo siete, pero también cambia a diario); más tarde es incapaz de recordar el mes en que vive (hay una opción entre doce de acertar, pero el dato se mantiene estable unos treinta días); cuando es incapaz de recordar el año en curso la cosa es grave, pues ese dato tiene una gran estabilidad. Aun así recordará la fecha de su nacimiento: esa es inmutable y, sobre todo, la aprendió desde el principio, y los recuerdos de niñez son casi imborrables. Pero casi. Los recuerdos siguen borrándose retroactivamente, cada vez hasta más atrás. El último dato por borrar, antes de ser incapaz de hablar, es su propio nombre; el enfermo raya en la desesperación cuando ese dato se le escabulle por más que lo escudriña, o cuando aun recordando su nombre se trata de un dato hueco, que no le aporta más información sobre sí: “¿y quien se supone que soy yo?”, interpela con angustia.
“No te preocupes demasiado; tú ya no eres nadie”, pensamos, o al menos dubitamos, sin atrevernos a decírselo, claro. Los filósofos han discutido largo y tendido acerca de la identidad, y en particular de la identidad personal. Cuenta Plutarco que el barco de Teseo fue reparado tantas veces que los filósofos debatían arduamente sobre si seguía tratándose o no del mismo barco. Y siguen haciéndolo, sobre todo desde que Hobbes reintrodujo el problema en 1654 con su obra De Corpore. Pero fue poco después John Locke quien centró el debate sobre la identidad personal. Según Locke, es la conciencia de la identidad, junto con la memoria, lo que constituye la identidad de una persona. Podríamos decir que su biografía, reconocida y asumida. Sin embargo, el obispo Joseph Butler detectó en seguida una dificultad lógica en la posición de Locke: la conciencia de algo es lógicamente posterior a ese algo y, en consecuencia, no puede constituirlo. Traducido a ejemplos: cuando alguien va perdiendo sus recuerdos y su autoconciencia, es ese alguien y no algún otro quien se queda sin memoria y sin conciencia. Desde un punto de vista lógico, si Gedeón pierde todos sus recuerdos, si olvida la interpelación que le hizo Yahvé y todas sus hazañas contra los madianitas, si ya no sabe quién es ni cómo se llama, si hasta es incapaz de recordar cómo hablar o caminar, quien está inmóvil e inane no puede ser otro que Gedeón. Y por esta razón algunos filósofos afirman que la identidad personal no consiste en nada, sino que es un hecho bruto e irreductible. Así, Sócrates podría haber tenido unas vivencias y recuerdos completamente distintos, haber hablado otra lengua, o ninguna, y aun así habría sido Sócrates. Porque sócrates posee una propiedad personal e intransferible: ser auto-idéntico con Sócrates. Así se llega al extremo de pensar que Sócrates podría haber tenido un cuerpo totalmente distinto, p.e. genéticamente distinto, si es que la identidad personal viene dada por algún principio espiritual. Otros menos radicales piensan, sin embargo, que dado el cigoto a partir del cual se desarrolló Sócrates, todo podría haber sido distinto, pero distinto para él. Pero el cigoto ya es algo determinado en lo que consiste la identidad de Sócrates. La identidad estaría en el origen, y a partir de él todo sería contingente.
Ahora bien, la teoría antirreduccionista, al menos en su versión fuerte, aun de ser cierta, es de escaso consuelo. Interrogado por Moisés, Yahvé le espetó “Yo soy el que soy”. Respuesta siempre impertinente, salvo si procede de Dios. Pero esto mismo dicho por alguien que ignora quién es, por más que diera un puñetazo en la mesa, ¿de qué le vale? Y el familiar o el amigo, por cercano que sea, no puede dejar de preguntarse: si ya no me reconoce, si ya ignora por completo mi existencia (repárese, no es que el paciente aun consciente p.e. de que tiene un cónyuge, y de quién y cómo es, no lo reconozca como tal cuando lo tiene delante –eso ocurre en una fase previa– sino que sencillamente ignora si se ha casado alguna vez), entonces ¿cómo podemos relacionarnos con él? Tal vez Leibniz dio en el clavo: si bien la identidad metafísica viene dada por la identidad de sustancia (de mónada o sustancia espiritual, pensaba él, pero podemos reemplazarlo por sustancia biológica) que permanece mientras permanezca vivo el organismo, la identidad psicológica y moral es la que se halla en la conciencia y la memoria, y perece –poco a poco– con ellas. Pero, si la identidad moral desaparece con la memoria y la conciencia, entonces ¿quién tiene alguna responsabilidad moral para con sujetos biológicos que carecen de toda identidad moral?
Naturalmente hay filósofos más radicales, como Hume o, doce siglos antes que él, Vasubandhu, un budista primero theravada y luego mahayana, que piensan que la identidad personal es un mito, algo gradual y convencional; como lo son las fronteras de una república, decía Hume. El filósofo escocés aplicaba su reduccionismo fenoménico no sólo al yo, sino a toda sustancia o entidad, de modo que sólo existirían fenómenos carentes de toda sustantividad, pues en lo que llamamos objetos no hay “ni verdadera unidad en un instante dado ni identidad a lo largo del tiempo” (también en esto se le adelantaron budistas como Nagarjuna en el siglo I de nuestra era, y aun con más radicalidad, pues Nagarjuna negaba toda realidad, inclusive fenoménica, a los propios fenómenos). Pero volvamos a Hume y a su célebre comparación de la identidad de una persona con la de una república. Si, como sabemos por la historia, la desintegración de los imperios, y la de los estados, suele ser gradual (aunque a veces sea muy rápida), y las personas no son esencialmente diferentes, entonces una persona muy deteriorada ni es ni deja de ser sensu stricto la misma que fue: es parcialmente distinta o, si preferimos un tecnicismo, el anciano es indeterminadamente idéntico con el niño que “fue”. Al fin y al cabo, argumentan filósofos como Jonathan Lowe, tras sufrir un proceso de entrelazamiento cuántico, dos electrones pueden ser indeterminadamente idénticos con los dos electrones previos al proceso de los cuales ambos proceden. Y, ¿no nos componemos nosotros también de partículas elementales?
Esta idea radical de algunos lógicos y filósofos, según la cual la identidad simpliciter, esto es, la noción lógica de identidad, puede ser indeterminada, vale decir: borrosa, difusa, vaga, no es plato de gusto para todos. Hace ahora treinta años el filósofo oxoniense Gareth Evans publicó un célebre artículo de una sola página con una prueba lógica de la incoherencia de la noción de identidad vaga o indeterminada, bajo el título “¿Puede haber objetos vagos?” El argumento, dicho en román paladino, reza así: si la identidad entre A y B fuera indeterminada, entonces B poseería una propiedad de la que A carece: ser indeterminadamente idéntico con A (A, por el contrario, posee la propiedad de ser determinadamente idéntico con A, o sea, idéntico a secas). Pero, aceptando la ley de Leibniz que afirma que dos individuos son idénticos si y sólo si poseen todas sus propiedades en común, al tener B una propiedad que no comparte con A (y viceversa) ex hipothesi han de ser distintos. Si una identidad fuera indeterminada, por definición no sería genuina, absoluta, identidad.
El argumento ha provocado ríos de tinta. No hay un consenso ni acerca de la intención última de Evans, ni acerca de si el argumento es una genuina prueba, ni siquiera acerca de si la conclusión es verdadera, aunque no se siguiera de sus premisas. Aunque son mayoría los que piensan que la tesis de Evans es válida, a fin de cuentas.
Si, pace Evans, la identidad pudiera ser indeterminada, entonces volviendo al caso de nuestro anciano, lo que podría estar ocurriendo es que la persona progresivamente fuera literalmente perdiendo su identidad, de modo que afirmar de Gedeón anciano y chocho: “éste anciano es la misma persona que el caudillo Gedeón”, no sería ni verdadero ni falso, el enunciado simplemente carecería de valor de verdad (o quizá tendría un valor de verdad de ½)
Quienes concuerdan con Evans en que la identidad, qua relación lógico-metafísica, no puede ser indeterminada, pueden seguir siendo humeanos de un modo peculiar. Así, Derek Parfit afirma que, si bien la identidad es una relación lógica clara y distinta, absoluta y con límites tajantes, es obvio que los objetos y las personas cambian y se degradan. Así, si alguien, como Matusalén, efectivamente viviera casi mil años, la relación que habría entre esa persona de adolescente y de anciano sería tan laxa, la relación psicológica, moral y social entre ambos tan escasa, que podríamos decir que el adolescente apenas sobrevive en el anciano, aunque fueran la misma persona. En nuestro enfermo radical de Alzheimer, aunque fuera la misma persona que el niño, sin memoria ni conciencia de sí mismo, no habría supervivencia (o sea, memoria y autoconciencia genuinas). Tendríamos, sí, identidad, pero no supervivencia, de ahí el slogan de Parfit: la supervivencia es lo que importa. El caso inverso se daría si los hemisferios cerebrales de alguien se dividieran y se insertaran en dos cráneos vacíos de cuerpos humanos semejantes. Entonces tendríamos dos personas con los recuerdos y la conciencia del donante, pero que no pueden ser idénticos con él: dado que una de las propiedades de la identidad es la transitividad, un donante previo no puede ser idéntico con dos personas ulteriores que son distintas entre sí. En este caso, no tendríamos identidad, pero sí supervivencia, ¡y por partida doble! Parfit reconoce que la supervivencia por partida doble puede ser muy inquietante, pero en todo caso le parece mejor que la simple defunción.
Una última vuelta de tuerca es afirmar que, en el caso de la división sí que hay identidad, que lo que ocurre es que dos cosas que ahora son distintas antes eran idénticas. Este expediente, patrocinado inicialmente por Paul Grice y más recientemente por André Gallois, se mira con mucho recelo, porque si, por poner el ejemplo de una ameba, tras la partición las amebas son distintas, pero cada una de ellas fuera la misma ameba que la original, entonces se violaría la transitividad de la identidad: que no es posible que B = A y A = C pero B ≠ C (siendo A la ameba original y B y C sus descendientes partenogenéticos). Ciertamente, puede construirse con una lógica impecable una relación que viole la transitividad de la identidad cuando la relación sea a través del tiempo e implique fisiones o fusiones, con lo que tendría sentido decir cosas del estilo: “la ameba A, que era una, es ahora dos, B y C”, o también, en caso de fusión: “dos gotas se hicieron una sola” (o sea, esta gota era dos, dos que eran distintas, pero ahora son idénticas.
¿Dos cosas que son distintas en un cierto momento, pero idénticas en otro? Eso es un sin-sentido para buena parte de los filósofos. Desde luego para quienes piensan que eso es imposible, porque viola el principio de la necesidad de la identidad, enunciado por Saul Kripke en los sesenta: que si dos individuos son idénticos, entonces lo son necesariamente, o sea, que una cosa no puede ser dos, ni dos ser una. Y eso se aplica tanto a mundos posibles distintos (lo que es uno en este mundo posible es uno en cualquier mundo en el que exista) como a través de los momentos del tiempo. Con todo, la necesidad de la identidad, como su carácter absoluto, determinado o su no gradualidad, no deja de ser un principio lógico metafísico, y hoy en día apenas existen axiomas indiscutibles incluso en lógica.
¿Cómo afecta esto a nuestro caso de marras de la persona que se va perdiendo en el vacío del olvido y la incapacidad? Quizá ni siquiera sea ya metafísicamente la misma persona que fue en su plenitud, quizá haya un vago nexo, no sólo psicológico y moral, sino metafísico. Quizá cada día que pasa, hablando en términos estrictos y filosóficos (por tomar prestada una expresión de Butler, cara a Roderick Chisholm) somos personas distintas, aunque normalmente sólo ligeramente distintas. Pero hay días cruciales que nos cambian radicalmente, incluso en sentido metafísico. “Ya no soy quien era” o “ya no soy la misma”, habría entonces que tomarlo no como una metáfora, sino en plenitud de sentido. Y, desde luego, al final de una vida longeva, normalmente la diferencia ontológica entre esa persona y quien fue de joven es enorme. ¿Y si toda persona actual fuera simplemente una contrapartida de la que fue, siendo la identidad entre una y otra laxa, gradual o incluso indeterminada? Y si el Alzheimer sólo fuera la manifestación extrema y trágica de lo que nos ocurre cada día sin que nos apercibamos?
“¿Y quién decís vosotros que soy yo?” “¿Y quién puede saber quien soy?” Pero, ¿y si no hubiera nada determinado que saber? Entonces podrán respondernos cuando nos toque a nosotros: “No te preocupes, tú ya no eres nadie determinado; relájate y descansa en tu limbo sin singularidad”.
Aparición teatral
Baja corriendo las escaleras que llevan de la calle al metro, cubierta de pies a cabeza por un velo negro y una túnica violeta que se infla con el aire que se embolsa cuando gira exasperada para decir: ‘jamais un homme gentil pour aider, ils sont là mais ils sont absents!’ De un gesto enérgico sostiene el otro extremo del cochecito de una mujer con foulard y la ayuda a llegar a la estación.
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